Al Albergue San Miguel


Por Isaias Martínez Matilla

En la localidad de Hospital de Órbigo, en la calle Don Juan Álvarez Vega se encuentra el albergue San Migue paso obligado de los peregrinos que caminan a Santiago, situado en el antiguo camino Francés. Al cruzar el puente románico de la localidad siguen una calle empedrada de regodones y a los doscientos metros está dicho albergue.

           El edificio era una antigua casa de labradores acondicionada con mucho gusto por la dirección. Han conservado cosas antiguas como las vigas del portal de la casa, con otras zonas modernas adaptadas al descanso del peregrino. Un pequeño huerto que tenía la casa lo convirtieron en un patio con flores por todas partes, geranios, petunias, un buen mobiliario para descansar, leer, o simplemente relajarse.

           En el albergue hay un pozo muy original compartido con la casa lindante, cuyo bocal  está en la pared medianil de las dos viviendas. En el pueblo hay mas casas con estas características, todas ellas construidas a principios del siglo pasado. Normalmente eran casas de hermanos, el agua es potable y en la actualidad se extrae impulsada por una motobomba.

          Los peregrinos son el centro del albergue y todas las atenciones son para ellos, con una acogida personalizada y toda clase de comodidades. Lo primero que quiere el peregrino a su llegada es cambiar el calzado del camino y allí le espera el mueble zapatero.

         En los tiempos modernos no podía faltar la informática al servicio del peregrino para que pueda hacer uso de ellos sin necesidad de salir del albergue.

         La dirección  del centro ha querido darle algo mas y ha puesto parte de sus dependencias al servicio de los artistas, ofreciéndonos este verano a los vecinos del pueblo, a los veraneantes y a los peregrinos tres exposiciones de pintura, que han venido a llenar algo que faltaba en el pueblo.

        “Camino peregrino, un camino distinto donde el peregrino no es el protagonista lo es la naturaleza. Durante el ciclo de un año, en el que la naturaleza trabaja a la par que yo, puedo entablar un relación con la tierra. Comparto con ella la labor de producir el lienzo. transformándolo como si fuera una semilla, la cual, al cabo de doce meses me brindará su fruto”. CHRISTINA OITICICA

Con estas palabras explica la autora de las pinturas su obra autística,

      A mediados del mes de agosto Matilla, un artista de la localidad que nos presento unos cuadros interesantes, eran composiciones donde se podía ver la alegría del grupo o la tristeza.

       A finales de agosto García Ramos, natural de León, cuadros en los que pinta al caminante actual dándonos un reflejo del esfuerzo diario en los descansos, una mirada recordando el camino andado.

        Mi casa de verano queda a cien metros del albergue pero a partir de aquí toma el nombre de Camino de Santiago. Mi familia ha vivido todo el siglo pasado en dicha calle y en ella seguimos en el siglo actual, toda la vida he visto pasar peregrinos por delante de mi casa, mi padre siendo niño me contaba la historia de Santo Domingo de la Calzada donde cantó la gallina después de asada.

         En la actualidad los primeros buenos días que doy y buen camino, a las ocho de la mañana cuando salgo para dar mi paseo mañanero, son para los peregrinos del albergue San Miguel.

 A los quince kilómetros podrán contemplar el crucero donde Santo Toribio sacudió las zapatillas y pronunció la conocida frase  “De Astorga ni el polvo”. En esta ciudad visitaran la catedral y el museo de los Caminos, instalado en el palacio episcopal obra de Gaudi.     

  La dirección del albergue San Miguel aceptó con gran alegría dos números de la revista Saber Sonreír publicada en los centros de pensionistas de Cajastur las cuales estuvieron al alcance de los peregrinos del albergue.

                     

                             Isaías Martínez Matilla.

                             Centro Pensionistas Cajastur.

                             Mieres.





LA CALDERA GRANDE

 


Por Isaías Martínez Matilla

 

Una nieta le pregunta al abuelo cómo celebraba las navidades cuando era un niño de unos diez años. Me has pillado un poco desprevenido, le contesta el abuelo, pero déjame que lo recuerde y mañana te lo contare.


La fiesta de navidad en lo referente a lo que nos cuentan los evangelios, era antes igual que ahora, el niño que nace de María, la Virgen, en un portal, acompañada por San José, junto con el buey y la mula y los ángeles que, a media noche, anuncian el nacimiento del Salvador.


Pero te diré que yo soy el penúltimo hijo de una familia numerosa y que mis padres eran labradores. En aquellos tiempos la recolección de la remolacha también formaba parte del entorno navideño, se pasaba mucho frío al arrancar la remolacha, mucho frío también el día del transporte y su descarga, pero también tenia sus recompensas: un contrato por parte de la fábrica, asignando un precio por tonelada, el compromiso de adquirir toda la producción, con pagos fraccionados al ir realizando las entregas, liquidación total el último día de entrega y por último regalo de un kilo de azúcar por cada tonelada de remolacha entregada.


Dos semanas antes de las navidades también se hacia la matanza, el día señalado, a primeras horas de la mañana, se presentaban parientes y vecinos para ayudar a sacrificar los cerdos, pero previamente al sacrificio todos hacían corro alrededor del brasero, para tomar unas galletas y una copita de aguardiente.


Después de sacrificar los cerdos, llegaba el momento de chamuscarlos, trabajo que nos gustaba mucho a los pequeños de la casa y a los otros pequeños del vecindario. Los cerdos se cubrían con paja larga, desde la cabeza hasta el rabo, se encendía luego con una cerilla y ardía rápidamente, provocando un gran chisporroteo, mientras ascendían las llamas en la oscuridad del amanecer, dejándonos ver los caramelos de hielo que colgaban de los tejados, como si fueran figuras trazadas por las manos del hombre. La matanza continuaría dos días más.


Lo que más recuerdo de todo es el día de Nochebuena, a media mañana mi padre tomaba una hogaza de pan de tres quilos y sacando un gran y afilado cuchillo del cajón de la mesa se sentaba en una silla, al lado del brasero, colocaba luego un gran cuenco de madera sobre sus rodillas y con gran maestría comenzaba a sacar tostas de pan, que colocaba suavemente en el cuenco, hasta terminar la hogaza.


Seguidamente traía la manteca gorda de los cerdos, colocaba a su lado una cesta de mimbre, cubría el fondo con unas hojas de berza y comenzaba a picar la manteca, obteniendo así el otro elemento imprescindible para la celebración.


El templo de la celebración también esta ya elegido, a media tarde y en la cocina de leña, con paredes de adobe, que en su día fueron de color ocre oscuro y hoy de un color negro reluciente, debido a los muchos humos recibidos, que contrastan con el color rojo de los chorizos, que colgados de palos cubren todo el techo de la cocina. En la piedra cuadrada de esta cocina, debajo mismo de la campana que recoge los humos, para expulsarlos por la chimenea, se prepara el fuego purificador, con sarmientos de vid y madera de negrillo. Mi padre, sentado en un banco, de patas muy cortas, aguanta el humo del fuego hasta conseguir un buen rescoldo, luego toma la caldera grande de cobre y la cuelga en las cadenas del hogar, muy cerca del fuego –él es el sacerdote de la celebración–, de la cesta de mimbre comienza a sacar trozos de manteca que deposita en la caldera, que comienzan a derretirse, formando espuma, y tomando un color dorado. Los pequeños rodeamos entonces el fuego, ya ha llegado el momento esperado, el celebrante comienza a tomar, con mimo, las tostas de pan preparadas por la mañana, las introduce un momento en la caldera y cuando ya han tomado un color dorado las saca con una espumadera y las deposita en una gran fuente, al tiempo que mi madre, por medio de un azucarero, las cubre de azúcar, los pequeños somos los primeros en probarlas.


En la caldera grande también se cocerán unos quilos de peras para el postre de las fiestas. Finalmente la manteca pasará de la caldera a unas ollas de barro, cambiando su color dorado por uno blanco como la leche al enfriarse, manteca que será luego, a lo largo del año, un condimento esencial para las sopas de ajo. El celebrante se retira, mientras pequeños y mayores rodeamos el fuego mientras degustamos las ricas tostas de manteca.


El día de Nochebuena también se rezaba el rosario en familia, no se comienza hasta que no llegue el último miembro de la familia. Una vez todos reunidos el pequeño de la casa arrastra una silla y descuelga el rosario, de una punta que hay sobre la pared y se lo entrega a su padre y este comienza a rezar; los hermanos mayores se ponen junto a los pequeños y nos hacen cosquillas hasta hacernos reír, mi padre para de rezar y exclama demonios de chicos y continua con el rosario.


La cena comienza, tanto la mesa grande como la pequeña están llenas de comensales, de primer plato patatas con costillas adobadas, de segundo solomillo y filetes de lomo adobado, como postre las tostas de manteca y las peras cocidas, los mayores rematan con café y algunas copitas, continuando la velada hasta las doce de la noche, cuando los pequeños se van a la cama y los mayores salen de verbena, regresando de madrugada.


Día de Navidad, misa por la mañana, con adoración del niño y canto de villancicos, los pequeños lo pasábamos muy bien y si habíamos estrenado zapatos mejor todavía. A la comida un buen cocido de garbanzos, bien acompañados de chorizo, cecina adobada, huesos de espinazo y de cañada y tocino, todo ello acompañado de repollo, de asa de cántaro. Después de comer, los más pequeños, salíamos con los compañeros, para gastar la propina en las carameleras, que se instalaban en la plaza. Después de cenar todos salíamos a ver las obras de teatro representadas por los socios de la Sociedad Recreativa de Jóvenes, al final de la obre se representaba un gracioso sainete, que hacia que los chavales nos riéramos mucho, pues eran siempre muy graciosos.


Querida nieta, como puedes ver, mis navidades no pudieron ser más felices, tanto en el ámbito familiar como con los amigos. Las fiestas comenzaban a disfrutarse muchos días antes de la navidad y terminaban con estas coplillas que se cantaban aquellos días; “hoy es Nochebuena y mañana Navidad dame la bota María que me quiero emborrachar”.





Un día, he soñado con la capa de paño pardo que me acompaño durante diez años, y me ha dicho que quiere contarme su historia.


Un martes del mes de Noviembre de 1898, viajaron a Astorga un padre y su hijo, buen mozo él, pertenecientes a una familia de labradores de Hospital de Órbigo, y se presentaron en la sastrería la Moderna, situada en la calle Mayor; el dueño tiene fama de ser el mejor sastre de la ciudad. Después de manifestarles el deseo de una capa, el sastre empieza por sacarles varias piezas de paño de distintos colores y precios, y se deciden por un paño de color pardo, muy de moda en aquellos tiempos. Un vez tomada la decisión se toman las medidas, y acuerdan que la capa ha de entregarse confeccionada antes de la Nochebuena.


Comienza mi confección, capa con esclavina grande, muy trabajada en la parte delantera y en los bordes de la esclavina; esto lo realizan, en taller aparte, dos afamados hermanas, especialistas en esta clase de acabados tan delicados.


Una semana antes de la fiesta señalada se presenta el mozo para recibirme. El sastre me presenta en sus hombros para la última y definitiva prueba, dándonos vueltas para un lado y para otro, hasta que todo quede perfecto. Yo, la capa, llevo en el cuello un broche, esmaltado en oro, la primera capa que sale con este detalle; el sastre intuye que el día de Nochebuena estará puesta en nosotros la mirada de todos los vecinos del pueblo. Me pagan en onzas de oro, acto que me llena de gozo ya que me indica que me llevan a buena casa.


El mozo era, como dice la canción, “de los de polaina entera”, –– mozos hay, mozos hay, en la ribera, los hay de media polaina, los hay de polaina entera -. Me estrena el día señalado, de Nochebuena, para la misa del gallo, atrayendo la mirada de todo el vecindario, como lo seguirá haciendo en las siguientes festividades (Navidad, San Esteban, San Juan, …). Desde este momento, como buena capa, me integro en la vida social, de este y de los pueblos colindantes: fiestas, reuniones, cortejos …


Quiero mencionar, lo que fue para mí y para la formación cultural de Hospital de Órbigo, una fecha de gran trascendencia; en el año 1890 se inaugura el colegio de Sierra Pambley, fundado por los señores: D. Francisco y D. Pedro Fernández Blanco de Sierra Pambley, mi propietario tiene el gran honor de inaugurar el centro de enseñanza en la primera convocatoria.


La gran diferencia entre este y otros centro de enseñanza, es que en el de Sierra Pambley, todo su programa educativo y cultural esta basado en la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876 por D. Francisco Giner de los Ríos. Los alumnos de este centro crean un movimiento asociativo muy fuerte en la localidad, creándose, entre 1898 y 1934: el Sindicato Agrícola, la Sociedad Recreativa de Jóvenes y la Mutua de Seguros contra incendios, con gran vitalidad todos ellos.


Mi vida, de capa de fiestas y reuniones, toca a su fin. Un día la madre de mi dueño me ofreció a tu madre, diciéndole que tiene muchos hijos y que le regala la capa, ya que por carnavales alguien podrá disfrazarse con ella; tu madre me acepta, me mete en un arca vieja y allí me quedo, hasta que un día, tu hermano mayor dice que me quiere, para protegerse cuando tenga que ir por las noches a regar con las norias.


Perdona que te interrumpa un momento, ya que quiero preguntarte algo, tú la capa de bodas, fiestas y banquetes has terminado tirada por los suelos, nunca mejor dicho, ya que cada noche de riego lo primero que hacíamos todos los hermanos era tirar la capa junto a la noria, hasta que el fresco de la noche requiriera tus servicios.


Tienes razón, pero has de darte cuenta que ya no soy ni la sombra de aquella capa admirada de otros tiempos, hoy mi hermoso paño pardo, menos pardo es de todos los colores, de mi esclavina solo queda el nombre, mis adornos no se ven por parte alguna, la polilla ha hecho mella en mi, dejándome llena de agujeros como una criba; pero mira, a pesar de todos estoy más contenta que metida en el arca entre bolas de alcanfor.


Que feliz fui a tu lado, aquellas noches de riego junto a las norias, noches de luna llena que parecía el sol, noches de frescas madrugadas, noches de tormenta, con los truenos retumbando y aparato eléctrico por doquier, haciendo culebrillas en tantas direcciones que parecían perseguirnos. Yo envolvía tu cuerpo, para protegerte de la lluvia, y en aquellos amaneceres de últimos de agosto y primero de septiembre me pedas que te envolviese para protegerte del rocío de la mañana.


Como tu pensabas, acabé en al cesta grande mimbre y fui vendida al trapero, pero no le dieron a tu madre un vaso corriente, como se daba por dos partes de alpargatas, tal como dice el refrán. Yo tenia mucha tela que cortar  y hoy te cuento un secreto, le dieron la fuente de fondo blanco con adornos negros, en esa fuente estoy representada, yo la capa parda que tanto amaste.


Gracias compañera, algún día nos veremos juntos en las alturas, si quieres te espero a mi lado, puedes presentarte como capa de fiestas y actos sociales o como la capa que en tantas noches frescas de agosto y septiembre me envolvías para protegerme del frío, tirado junto a la noria mientras el caballo daba vueltas y vueltas, de cualquier forma serás bien recibida y recibirás un fuerte abrazo de este tu gran amigo, al que tantas historias le has contado.


Hasta siempre, tu amigo y compañero.


Isaías Martínez Matilla